Seguiremos informando...
La máquina del corazón no marca pasos.
Sólo el café cortado me resbala de horas la trasnoche
como cuando te extrañaba...
como el hecho de que estés.
Le desenredo cascajos a la tráquea del reloj de arena.
La luna: ovillo de telarañas.
Cuánta paz deja en la lengua un verso bonito;
cuánta turbulencia, su belleza entre cejas.
Te siento lejos.
Pareces prosa,
y yo quería hacernos un poema.
Está nevando.
La mirada de piedra se dispara contra los cristales.
El viento domestica la ventana.
Un árbol se despoja. Desierta lentejuela triste
que vibraba casi helada a la intemperie.
Crepita en la chimenea la imitación de un tronco
que, como mi amor, nunca se apaga.
La arritmia me recuerda que envuelto en un abrigo
ando como desnudo
si camino sin ti.
Tiemblan gemelos estos ojos cristalinos
cuando estiras un nombre desde el otro lado
para tañer la campana de mi tímpano.
Oigo tu voz por el teléfono
y está nevando.
Traicionera mente. Y victoriosamente de esperanzados sueños se levanta la historia: esa única historia que seductoramente, te envuelve en metáforas metafóricamente, pues atarte a los versos y a las líneas corridas es condenarte a mí, ensoñarme contigo -con un embrujo víspera siempre del día en que te vayas-, amarrarte a mi boca, enlazarte a mi espalda, ¡no importa!, excesiva, violenta, irrevocable, intransigente: disparatadamente.
Entristecida mente. Porque impetuosamente se le arranca tu nombre; desenrosca tu espacio para saberte libre. Mente que sabe amarte. Mente que deja irte. Que soñadoramente, reza por tu regreso y reverentemente suelta maledicencias por quererte limitado e ilimitadamente.
Excelente mente. Que no es poesía en sí, sino en ti como poema. Que no es poema en ti, sino despiadadamente entre estrofas dolorosas de tu sangre, tus sudores, tus alientos, desalientos, alas abiertas, caídas, y la frustración insomne de quien se conoce ausente.
Todo eso hace mi mente cuando se acuerda de ti… cautelosa… orgullosa… conmovedora… desgarradoramente.

