Mucha felicidad. Definitivamente, tengo un problema grande. Me encuentro en Nueva York disfrutando una tremenda experiencia: estudio en una universidad prestigiosa, con una súper beca (acompañada de adjetivos formidables) que permite dedicarme a las pasiones de leer más que escribir, pero a ambas.
“Me encuentro” en Nueva York: no sólo resido aquí, sino que se da el fenómeno de “hallarme”. Es la primera vez que observo estos Estados Unidos desde la autodefinición como escritor. Tengo los mismos ojos que antes, sólo que un círculo canoso se vislumbra en las riberas de las córneas y me inscribe un cambio de mirada. Pienso que infelicito mi felicidad… busco excusas para sufrir… y doy con ellas.
Antes, hubiese argumentado que esta cosmópolis (EEUU) para los puertorriqueños ofrece las oportunidades que la Isla no provee. Lo cual sigue siendo cierto. Sin embargo, hoy, problematizo aspectos del porqué. Nada que no hayan dicho otros, mas, ¿por qué no repetirlo, aunque sea para mí?
Me parece una estrategia política de esta Nación limitar los alcances de Puerto Rico con el fin de promover “la fuga de cerebros” para nutrirse del capital intelectual que produce la isla. Es el robo de las estrellas que van surgiendo. Mejores becas, salarios superiores, mayores ofertas para conseguir un puesto respetable en instituciones competentes, entre otros beneficios, nos impulsan a “brincar el charco”, cuestión de ampararnos más cómodamente a la sombra del Estado benefactor. En buena medida, se raciona a Puerto Rico su acervo de profesionales competentes. Entonces, las demandas laborales isleñas no tienen más alternativa que incorporar a sus filas, personal con menor compromiso (o peor, sin él); sin mayores expectativas que un cheque, apenas suficiente para sostener a una familia –apretadamente- por quince días.
La situación acomodaticia de los incompetentes, paraliza, amenaza, lincha, desmoraliza, los esfuerzos de quienes respetan su trabajo. De ahí que el sistema inoficioso del gobierno puertorriqueño cuente con un descrédito tan apabullante; sobre todo, cuando los líderes políticos representan el ejemplo ciudadano.
Lástima. El Pueblo mira hacia arriba y no encuentra imitación posible más allá de la caricatura o la despersona.
“Me encuentro” en Nueva York: no sólo resido aquí, sino que se da el fenómeno de “hallarme”. Es la primera vez que observo estos Estados Unidos desde la autodefinición como escritor. Tengo los mismos ojos que antes, sólo que un círculo canoso se vislumbra en las riberas de las córneas y me inscribe un cambio de mirada. Pienso que infelicito mi felicidad… busco excusas para sufrir… y doy con ellas.
Antes, hubiese argumentado que esta cosmópolis (EEUU) para los puertorriqueños ofrece las oportunidades que la Isla no provee. Lo cual sigue siendo cierto. Sin embargo, hoy, problematizo aspectos del porqué. Nada que no hayan dicho otros, mas, ¿por qué no repetirlo, aunque sea para mí?
Me parece una estrategia política de esta Nación limitar los alcances de Puerto Rico con el fin de promover “la fuga de cerebros” para nutrirse del capital intelectual que produce la isla. Es el robo de las estrellas que van surgiendo. Mejores becas, salarios superiores, mayores ofertas para conseguir un puesto respetable en instituciones competentes, entre otros beneficios, nos impulsan a “brincar el charco”, cuestión de ampararnos más cómodamente a la sombra del Estado benefactor. En buena medida, se raciona a Puerto Rico su acervo de profesionales competentes. Entonces, las demandas laborales isleñas no tienen más alternativa que incorporar a sus filas, personal con menor compromiso (o peor, sin él); sin mayores expectativas que un cheque, apenas suficiente para sostener a una familia –apretadamente- por quince días.
La situación acomodaticia de los incompetentes, paraliza, amenaza, lincha, desmoraliza, los esfuerzos de quienes respetan su trabajo. De ahí que el sistema inoficioso del gobierno puertorriqueño cuente con un descrédito tan apabullante; sobre todo, cuando los líderes políticos representan el ejemplo ciudadano.
Lástima. El Pueblo mira hacia arriba y no encuentra imitación posible más allá de la caricatura o la despersona.