domingo 1 de marzo de 2009

"Inimaginado" (2003, edición de autor)

Como motivo de la aparición de mi libro de crítica, he decidido repasar (nostálgico, ¿por qué no?) la sucesión de mis publicaciones desde sus respectivas presentaciones. Inauguro este ejercicio (de ego o desarrollo, como prefieran llamarlo) con lo más importante: la fe... en mí por mí y en mí por alguien más. Ese detalle que nunca se olvida.


Comentario acerca de Inimaginado
Dra. Edith Faría Cancel
Anfiteatro # 3
Facultad de Educación
Recinto de Río Piedras
Universidad de Puerto Rico





Los maestros, con el tiempo, desarrollamos un séptimo sentido para detectar el ataque inesperado de antiguos estudiantes armados con un libro bajo el brazo, que aspira a ser presentado. Las circunstancias, sin embargo, nos acorralan, pues la ecuación joven ilusionado multiplicado por el compromiso del contrato profesor-estudiante nos obliga a practicar el resultado de la solidaridad con los ilusos que se lanzan al mar de los sargazos que constituye publicar en Puerto Rico. De ahí, que se arme aquí, con la inmolación de ustedes, este ritual que celebramos: la presentación del libro de Carlos Vázquez Cruz, Inimaginado.

Ya desde la portada, el texto afirma su fascinación con el lenguaje, pues nos recibe con las variaciones que pueden articularse con las letras del título escogido, Inimaginado: imagina, ánima, enigma, mago, magia; campo semántico que nos ubica de inmediato en la dimensión de la poiesis.

Este collage se duplica estructuralmente, pues el texto convoca una gran diversidad de géneros que dialogan y se retroalimentan entre sí, articulándose en un juego de espejos: donde poemas, prosa poética, cuentos, crónicas urbanas, reflexiones, microensayos y otros textos –que se rehúsan a dejarse clasificar por géneros- se encadenan por la voluntad del emisor de expresar y compartir vivencias, fórmulas que adelanta desde el epígrafe que inaugura el libro y nos anuncia que: “Educación. Literatura. Bien casadas, segura sepultura.”, profecía que a los que integramos el gremio no se nos ocurriría rebatir.

El emisor, Narciso enamorado de su imagen, se mira en una ars poética que sirve de pórtico a los textos y que él denomina telegráficamente “Justificar escribir”, infinitivos que apuntan a lo que él considera una exigencia ineludible ante su destinatario.

Resulta imprescindible elaborar el Ars Poética para definir al público tu propuesta y hacer irreductible la intencionalidad para tornarla en punto de partida para el lector. Así, de paso, te delatas. La gente presume, entonces, si sabes lo que haces. Por lo tanto, el arte poética y el motivo literario servirán sólo si se construye, con palabras convincentes, un algo, aunque desconozcas realmente su significado.

Sin embargo, después de este alarde metalingüístico, en que reconoce la distancia necesaria ante un texto propio, muestra su vulnerabilidad al revelar su veta romántica y adherirse a la imagen del poseso platónico habitado por la inspiración:

Porque mi cerebro se llena de voces de habitantes voladores no identificados que se ensañan contra mí y se me salen para crearme la ilusión de ser el dios del evangelio según Huidobro. Porque, luego de haber sido víctima de las soledades maravillosas de otros que escriben, tengo la certeza de mi maravilla solitaria y del potencial de vuelo que puede alcanzar en las mentes que vuelan.

Entre las diferentes facetas que se manifiestan en el libro, me limitaré, por razones de tiempo y afinidad, a comentar las diferentes propuestas del sujeto lírico, el objeto lírico y el mundo representado en los poemas. Por otro lado, también aludiré a otra cara del emisor: el irónico observador de las leyendas urbanas que se pasea por sus crónicas y relatos.

El habitante lírico de los poemas quiere singularizarse y opta por uno de los caminos menos recorridos en la lírica: la palabra desnuda, limpia de adherencias que tradiciones líricas anteriores han consagrado. Observemos esto en los fragmentos del siguiente poema:

“Amor de papel”

El amor es un barco de papel
navegando entre las manos
Viaja un surco evolutivo hacia el papel
vuelve al puerto del papel entre las manos
[…]
Historia en que el papel siempre fue papel
y nosotros, papel entre las manos
del amor.

No hay, aquí, retorcimientos retóricos, ni chisporroteos efectistas, sino que la enunciación en su tersura apunta hacia su objetivo: una definición que, a pesar de su limpidez está tan cargada semánticamente que muchos podrían suscribirse a su plurisignificación y sentir que el sujeto lírico ha logrado verbalizar lo que los lectores hubieran querido expresar.

Otro poema que se ajusta a este estilo y que nos recuerda la concisión expresiva del haikú japonés, o la de los versos sencillos de Martí, es el titulado “De amores salados”. Lo leo íntegro:

Aquel castillo de arena…
¡Tan bello
que era el castillo!
¡Tan triste
que era de arena!

Como la imagen del barco de papel en el poema anterior, aquí, el castillo de arena puede representar la vivencia o las múltiples vivencias de sus virtuales lectores. Por su brevedad y plurisignificación, es uno de esos poemas portátiles que leemos, nos conectamos y memorizamos para tenerlo en nuestro archivo afectivo, disponible para usarlo en situaciones que nos provoquen una reflexión o una respuesta vital.

Otra dimensión que explora el hablante lírico es el homoerotismo. La exposición de este objeto lírico tan silenciado en nuestras letras –salvo las destelleantes excepciones de los poetas exiliados Manuel Ramos Otero y Víctor Hernández- se erige también, en esta poesía, con una expresión desnuda que conmueve por la tersura y diafanidad enunciativa. En “Hambre”, la voz lírica no se pierde en perífrasis o ambigüedades difuminadoras, sino que enuncia, sin ambages, el objeto erótico:

Hambre de un collar de brazos
prendidos a mi débil cuello
marcado con tu nombre.
Hambre de besos y abrazos.
Hambre de hombre.


La contundencia de este verso final, sin adjetivos, nos revela lo esencial, el deseo, el eros, y, en su enunciación desnuda, hace que el objeto lírico irradie su magnético poder de convocatoria erótica. Tras esta aparente sencillez, el emisor juega con los efectos que las semejanzas fonéticas entre hambre y hombre convocan. ¿Es el hambre de un hombre o por un hombre? Juego de espejos que se continuará en el siguiente poema: “Sin fruto”.

Contemplo mi cuerpo en el blando espejo
de la naturaleza en la mañana
absorta por lo hermosas que el reflejo
hace ver mi mirada y piel lozana.

Las siluetas trastoco en mí y en él.
Siento grande placer cuando otro río
emana suavemente y se confunde
con el cristal que elaboró mi estío.

Prisionera de la tarde otra vez.
No escapo; es esa imagen cual imán.
Le acaricio manos, senos y tez.

La palabra espejo convoca otras: reflejo, río, cristal, imagen, imán… palabras que articulan nuevamente el mito de Narciso enamorado de su propia imagen, mito paradigmático tanto en el homoerotismo como en el discurso psicoanalítico lacaniano. Evidentemente, este poema, como los demás, nos remite al título en que el vocablo inimaginado es surtidor del que fluyen palabras como “imagen”, “enigma”, “anima” que, al servir de pórtico o pretexto, gravitan como un paratexto sobre el conjunto que presiden.

El periplo de este enfrentamiento, que comienza en el poema al amanecer, transcurre a través del día:

Prisionera de la tarde otra vez.
No escapo; es esa imagen cual imán.

para concluir abruptamente con la frustración del eros y el repliegue de la voz lírica en unos versos ambiguos y enigmáticos.

Deseo los bellos labios que no están.
Además la entrepierna. Anochecer
y tengo que conformarme con Adán.


Recordemos que estamos ante un espejo y, así como éste invierte la derecha en izquierda, también la palabra Adán, invertida, apunta hacia la nada (adan-nada, nada-adan). Esta imagen reflejada en el espejo –parece proponernos el hablante lírico- nos escamotea el poder atrapar e inmovilizar unívocamente la realidad y el significado, por su carácter proteico e inasible. Escapa al logos, trasladándonos a lo inimaginado, inimaginable, al orden simbólico que quiere fijar e inmovilizar lo móvil.

En esa misma línea de expresión desnuda, podemos ubicar la prosa poética en que intenta dar definiciones tersas de sensaciones complejas. Ya desde el mismo título de una de ellas, “El amor es un pedazo de pan”, vemos la intención esclarecedora al utilizar la imagen de ese alimento primordial, primigenio, tan evocador y pleno de connotaciones religiosas, nutricias:

El amor es un pedazo de pan simple que engaña el estómago rugiente, desesperado. Nos abre los ojos a un mundo de oscuridades. Nos inaugura conociendo los adentros. Nos prepara, madura, conserva, encascara.

Más adelante, esta imagen se desdobla y, emitiendo resonancias vallejianas, especialmente, de aquellos versos enigmáticos de "Los heraldos negros":

"Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema",

Vázquez resemantiza esa imagen, refocalizando, no en el momento amargo vallejiano, sino en el momento inaugural cuando el amor nos sucede:

Aparece el pan. Es un relevo que hace al aire cuando él, antes, era bocado que llenaba la boca de la necesidad. El amor guerrea contra el hambre del espíritu; le hace bolitas empanadas con miradas y tacto, aunque, a veces, evade la mirada brindando la oportunidad para buscarlo.

La conclusión asume carácter de himno: “Es impertinente el amor cuando queremos sufrir porque siempre aparece como risa, amistad, inspiración, esperanza, futuro… que prometen”. Sin embargo, de repente, el emisor ejecuta una pirueta y culmina en un final nuevamente enigmático: “Terminamos sin saber qué realmente es. Pero hay hambre de amor; hambre y mucho pan”. El que haya mucho pan, ¿implica que todos podremos alcanzarlo, o la inquietante sospecha de que, aún habiendo tanto pan, esto no conlleva, necesariamente, el que podamos alcanzar el objeto del deseo?

En “Tus palabras”, asistimos nuevamente al regusto del emisor por desentrañar, morosamente, las distintas facetas de la relación amorosa. Para él, el amor desencadena todas las posibilidades y virtualidades de la palabra. Ésta se redimensiona como enlaces o puentes que permiten la fusión amorosa:

Tus palabras no son como las otras palabras. Son vida desnuda, torrente del alma buscando asilo en mis oídos… Tu abecedario es mi mantel de estrellas, el rosario solemne de mis fantasías, el desfile de hormigas al terrón de azúcar de esos sueños contigo… palabras ordinarias en boca extraordinaria. La procesión ritual de la lengua en la lengua, de la lengua contigo en tu asedio de mí. Son tus palabras. No son como las otras.

Evidentemente, cuando estamos posicionados, estacionados en el amor, o sea, cuando estamos en-amor-ados, es que descubrimos todo el maravilloso potencial del lenguaje, puente que trata de abolir las distancias.

Por otro lado, en sus cuentos o crónicas urbanas, el mundo representado es el de la ciudad y sus mónadas, y el emisor nos propone ahora romper espejismos. Vivir en sociedad no es equivalente a estar conectado con los demás, a la convivencia. Los personajes que habitan estos relatos y crónicas, más que vivir en una sociedad, están condenados a vivir en soledad por su incapacidad para establecer relaciones auténticas y significativas con los demás.

En el relato "La vida es una tómbola", asistimos al vano intento de los personajes por constituir una pareja típica. El narrador, sin embargo, nos los presenta como seres atrapados en las convenciones y estereotipos que nuestro entorno social impone. En estilo intermedio libre, el narrador enhebra la serie de clisés y frases hechas que apuntan hacia una conducta totalmente predecible y ausente de espontaneidad.

Él lleva meses provocando la cita perfecta. La ha tenido en la mirilla hace ya más de un año… ¡Ella es la que es!

En ella, por su parte:

Hibernan aspiraciones de hallar a un hombre adinerado o, a lo sumo, capaz de, dispuesto a y disponible para ponerla en primer plano los días quince y treinta de cada mes. Por eso, la salida. Irma transita algo voluntariosa a obligarse un gusto por Marcos. Él es el que es.

La gran ironía de los enunciados “Él es el que es”/”Ella es la que es” es que, tras estas palabras, no hay esencia o fundamento per se, sino que lo que se nos revela es que las expectativas de ambos personajes funcionan a base de constructos o programaciones socialmente engendradas. El cálculo y la especulación dominan sobre la espontaneidad y la autenticidad, de ahí que, en el relato, no asistimos al despliegue de monólogos interiores o fluir de conciencia que nos revelarían subjetividades en vertiginosas contradicciones, sino a mentes que calculan y evalúan alternativas en búsqueda de la mejor respuesta, en lugar de mentes o sensibilidades que sienten. Asistimos al funcionamiento de computadoras que escanean, para usar la jerga de la informática. Ambos han hecho sus cálculos y, en el discurso de Marcos, se destacan las frases hechas, palabras con luz, tipo póster o plaquitas que segregan cursilerías sentimentaloides con las cuales las empresas que mercadean con los sentimientos, más que iluminarlos, contribuyen a despojarnos de nuestra competencia para articular expresiones auténticas y originales. De ahí, la inmisericorde deconstrucción del discurso amoroso que el narrador delega en boca de sus personajes:

Irma sabe que los huevos se le están poniendo a peso. Tiene que asegurarse los años, un hijo (al menos) y menores necesidades. Marcos, tal vez, no es el que es, pero es el que está.

Marcos, por su parte, traduce su conducta a una fórmula matemática que, en su significante y significado, desenmascara la verdadera configuración de su relación. En realidad, jamás podrían ser una pareja, ya que son, más bien, jugadores que ven al otro como ficha o pieza para adelantar su juego, de ahí que la vida sea “una tómbola”, como decía la canción: vida en la que, pocas veces, somos premiados por tener el número correcto. De ahí, la ironía situacional en que Marcos queda atrapado al hacer trampa para que Irma ocupe su lugar, y, cuando aparece una cartera en su abrigo que podría señalarlo como un ladrón, galante y caballerosamente, empuja a Irma a que ocupe su lugar, concediéndole, en realidad, la oportunidad de no sacárselo a él como premio. Evidentemente, estamos muy lejos del discurso y el mundo bueno de los textos anteriores.

“El ciclo de la vida” es otro relato que nos sumerge en la incomunicación y el aislamiento. El texto oscila entre dos puntos de vista aparentemente contrapuestos, un narrador omnisciente en tercera persona que focaliza su atención en las sensaciones que experimenta Augusto, un personaje que se nos describe como un “autista por obligación, aunque ni sabe que es autista, ni que está obligado a serlo”. Esta descripción, que parece referirse sólo a la incapacidad psicológica del personaje, se extiende metonímicamente a toda la peripecia del relato, pues nos encontramos frente a un muerto que no sabe que está muerto, tópico que se nos repite desde los viejos relatos espiritistas del imaginario popular puertorriqueño hasta las más recientes películas, como “El sexto sentido” y “The Ring”, onomatopeya del sonido del teléfono. Como en estos textos de ciencia-ficción, el narrador o su alter ego (la cámara) van dejando caer piezas del rompecabezas que nosotros, como lectores, tendremos que ensamblar y decodificar. De ahí que el comienzo del relato: “El letrero comunica ‘Fuera de servicio’”, revelara su total significado sólo al final, cuando podemos descubrir que “Augusto sigue ahí, echando monedas en una secadora que dejó de funcionar hace dieciocho años cuando el ciclo de su vida terminó y el tiro que lo traspasó quebró la portezuela de la máquina”. Ilumina, retrospectivamente, la instancia en que a la mitad del relato se nos informa: “Cierto día, dos tipos llegaron a la lavandería y mataron a un cliente, traspasándole, de un balazo, la espalda y el pecho. Por estar sumido en las profundidades de su psique, Augusto jamás se enteró”. ¿Augusto no se enteró porque no le interesó el hecho, o no se enteró porque no se da cuenta que es a él a quien asesinan?

Ésta, sin embargo, no es la única ambivalencia, pues el discurso del personaje está atravesado por ideologemas del discurso del narrador, lo que contamina de ambigüedad el relato, aboliendo la distancia entre el sujeto y el objeto de la narración. Como en los cuentos de Borges o Cortázar, se plantea el dilema de si somos lectores o narradores de cuentos, o, más bien, en realidad, somos tan sólo personajes de un cuento que algún otro narra y algún otro lee. De ahí que lo que creemos meros filosofemas del narrador, cuando dice “Interactuamos bajo leyes que nos hacen perder la sensación del tiempo y el espacio porque sólo nos corresponde movernos”, o cuando, más adelante, añade “Cuando parecemos estar cerca de las soluciones, aparece algún individuo que explora otra dimensión de la misma idea” […] “y, así, los seres humanos quedamos atrapados en pedazos del tiempo que nos hacen creer que vivimos con intensidad momentos nuevos que, al cabo y al fin, sólo resultan infinitas vueltas al mismo lugar” y que consideramos típicos comentarios del narrador omnisciente, se nos revelan, al final del relato, como instancias de metaficción en que el cuento (el texto) reflexiona sobre sí mismo, proponiéndonos que la vida, en realidad, es un ciclo continuo en que rebobinamos infinitamente nuestras vivencias, pues, como ha dicho el narrador: “En ciertas ocasiones, como en ésta, nos es imposible ver lo evidente”. Evidentemente, para continuar con la redundancia, el texto apunta hacia esa condición de cuento sin fin que, reiterada y recicladamente, es el vivir.

En suma, esta breve incursión en algunos de los textos nos revelan las distintas personas en el sentido que los griegos le daban a la palabra personare (máscara resonante, sonar mucho), máscara a través de la cual pueden enunciarse distintas voces, o polifonía, a que el autor recurre en esa búsqueda interminable de la significación, del sentido al que los seres humanos pensantes estamos condenados. El texto, ya sea desde la palabra poética o desde la prosa, nos invita a este diálogo infinito e interminable en busca de respuestas, y espero que ustedes, como yo, acepten la invitación que Carlos Vázquez Cruz nos extiende.