martes 17 de febrero de 2009

Puntos de vista



El aventurero en mí nacía por Ténebre. Su cuerpo rígido atendía mis historias, pero sus ojos desorbitados y la cabeza inquieta se movían como para identificar entre sus sombras las procedencias de diez mil ruidos simultáneos concertados por vientos y animales. Aquella postura, unida a la sonrisa constante de expectativa, me mantenía elaborando por horas un cuento interminable. Ella reía de complacencia, ansiedad, histeria y miedo. Los dientes de mi hermana jamás se escondían. Su voz sólo sonaba, simple y suave como susurro, cuando presentía mi agotamiento. En ocasiones, interrumpía mis épicas mágicas para sugerir un viaje de reconocimiento por la maleza en un intento por conciliar la avidez de su mente y la compasión hacia mí. Durante tales episodios, la quería más que nunca.

Ténebre se adaptó al escenario de “la selva” con bastante rapidez. Al principio, el primo Elías y yo la dirigimos cautelosamente por los caminos, tomándola de ambos codos mientras unía sus manos frente al pecho y dejaba entre los brazos un espacio en que, a mi juicio, cabía acostado un diamante del póker. El bastón colgaba laxo desde los diez dedos y golpeaba rocas, ramas caídas o irregularidades del terreno a medida que nos adentrábamos en nuestro “bosque”. En aquellos tiempos, soltaba con timidez un sonido gutural entrecortado, conato de risa nerviosa, pero cierto día comunicó su malestar.

—Ustedes quieren que yo no vuelva, ¿verdad? —interrogó cabizbaja con intensidad muriente al final, atenuada, tal vez, por la posibilidad de oír la afirmación.

—¿Por qué dices eso? —remató la inseparable Anamarina—. Sólo queremos que no te pase nada. Tu mamá nos va a matar si te caes.

—Ella no lo va a hacer nada. Por eso, me manda a jugar fuera…

—Déjate de cosas, Ténebre —me interpuse para evadir su comentario—. Tú eres la única ciega con quien hemos venido por este sitio. Compartimos contigo y tratamos de que la pases bien —culminé con aire más paternal que fraterno.

—Pues, ¿por qué no vamos lento por un rato? Después van a ver cómo avanzo. Me desestabilicé ante la petición. Mi vista buscó a los demás: el muchacho, petrificado como yo; las chicas, como si nada.

—Está bien… —respondió Iris con la seguridad o la ignorancia de sus ocho años— …porque, si no van a jugar, me voy a casa.

Santo el método. Ténebre empezó como saco de sustos. A las pocas semanas, el bastón se alivianó; los pasos se volvieron más seguros… finalmente, Elías me llamó:

—¿Tu hermana ya ve? —inquirió bajo el juramento interno de que así era.

—Pues no, que yo sepa… —dudé—. Eso parece.

Nos mantuvimos en espera de mayores claves que jamás llegaron allí, pero que Ténebre trató de aclarar secretamente. Luego de un sábado agotador por aquel paraje y juegos posteriores, llegó el baño nocturno que preludiaba la hora del sueño. Ténebre llamó desde su cuarto, sentada a la orilla de la cama con la mano izquierda sobre el bastón doblado, asegurado con su cable.

—¿Qué pasó, nena? ¿Quieres algo?

—Siéntate aquí.

Obedecí.

—En el bosque hay un espíritu de fuego que se me mete por los ojos y me deja ver llamitas en todas las cosas que viven, pero, cuando salgo de allí, se me apaga todo.

Le acaricié el pelo.

—Duerme ahora. Hablamos de eso mañana cuando estés descansada.

—¿Tú me crees?

—¡Pues claro! Pero si hablamos del tema ahora, nos vamos a amanecer. Papi y mami nos van a mandar a dormir, y no quiero acostarme con más curiosidad.

—Está bien. Mañana será. Buenas noches —concluyó entusiasmada, y me retiré.

Pasaron días y nunca fue. ©

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