miércoles 28 de enero de 2009

Nacimos todos
















Mi infancia transcurrió ávida de conocimiento, enferma de saber. Ignoro si eso era un “círculo”, mas sé que era “vicioso”. Regodearme con cada dato que aprendía, para mí, devenía en disfrute; para mi papá, en extra-vagancia. En aquellos años, hambriento de futuro, juré que sería súper famoso. Papi se había resignado a aceptarme súper-ficial.

Paternalismo puro, mi progenitor me predestinó al trabajo. Sin embargo, éste su hijo se dedicaba a documentar acontecimientos erráticos en una libreta, inventaba insecticidas a base de detergentes, y espiaba por las ranuras la caja del televisor con el fin de descubrir los muñequitos que vivían en la sobriedad de aquel cosmos blanco y negro.

Ansias de aventura llamaban en el campo desde las montañas. Durante meses, maquiné la empresa de conquistar la cima más cercana. De seguro, a la falda del lado opuesto estaba el mar. Gracias a la escuela, había advenido en conocimiento de que vivía en una isla: "rodeado de agua por todas partes". Mediante el proceso de sembrar habichuelas en vasos plásticos, la educación también me había inculcado la necesidad de probar o descartar hipótesis. Así como Colón se hizo a la mar, me hice al monte. Botas, cantimplora, expedicionarios: una hermana y tres primos menores que yo, con quienes consolidé un poder de convocatoria ya legendario.

Escapada. La espesura tropical de la maleza tronchó la excursión casi de inmediato, pero la certeza de mi mente jamás articuló la boca. Invadieron el cansancio y los temores. Especulé sobre enjambres, alacranes, posibles embestidas o picadas de mosquitos, capaces de diezmar a invasores ingleses, según acotaba un libro de estudios sociales.

No me preocupaba el alimento porque, a fuerza de parchas y pomarrosas, sobreviviría la compañía. Un riachuelo prometía saciar sedes, bañar corporeidades. En caso de heridas o laceraciones, explorábamos un “bosque”: plantas medicinales tenía que haber. Dar con ellas costaría caro, mas “todo por la ciencia”. Riesgos, todos; silencios, yo.

Corté una rama medio gruesa para impartir seguridad: el catecismo había revelado que un caudillo sin bastón era igual a un G.I. Joe sin metralleta. Reverencié un algarrobo como a un árbol genealógico; vi una roca grande, plana, y un área despejada en donde, a pleno sol, abundaban helechos y mala yerba.

—Los indios hacían sacrificios aquí —aseguré al golpear la piedra ligeramente con la punta del báculo, investido en la autoridad conferida por doce años de edad y buenas calificaciones—. Aquello… —decreté al señalar el claro—, aquello es “el lindo mundo”.

El asombro no cabía en las bocas abiertas, vacías de interjecciones, huérfanas de voz, o profundamente minúsculas ante la magna impronunciabilidad de una sorpresa. Creían con ceguera de fe: famosa confianza que también me colmaba. Estaba convencido de aquella verdad que alguna fuente me había comunicado. Mi obligación consistía en respetar el designio inspirado para ser dicho; expresado para su debida observancia.

Así nació el lugar mítico en donde nuestro grupo selecto desataba su magia innata: la información ancestral que el raciocinio, con el tiempo, raciona o erradica. Entonces, las palabras no significaban lo que hoy significan: rellenas de conjuros e imaginaciones, liberaban su utilidad para contar las historias que iban apareciendo. ©

3 comentarios:

Tomás dijo...

"Todavía las palabras no significaban lo que hoy significan: rellenas de conjuros e imaginaciones, liberaban su utilidad para contar las historias que iban apareciendo."

Wow! Digno de Carpentier.

Amarilis Tavarez Vales dijo...

Amigo, he viajado en tu espalda apalabrada a un pedazo de mi infanciacampo y mis locuraventuras. Es maravilloso leerte! Yo tambien tuve una piedra, y me parecia una planicie enorme...hoy al contemplarla me sorprendo de lo poderosa que es la imaginacion.
Te abrazo desde aqui, Cristobal Carlós...
Sigueme contando historias!
A.

Carmen Zeta dijo...

Qué lindo título. No te perdono que no se me haya ocurrido a mí. Me gusta muchas veces y reitero (placer de reiterar), como dice Amarilis: ¡Es maravilloso leerte!

Publicar un comentario en la entrada