viernes 23 de enero de 2009

Lección inaugural de melancolía









A veces estoy seguro de que filtrar Nueva York desde mi mirada, violenta su esencia; de que, igual que en todo acto de traducción, un traidor se me acurruca dentro. Temo sacar de contexto la ciudad porque, ajeno, fuerzo su inmensidad concreta para exprimirla con la grandeza abstracta de mis imaginaciones. Quizás, todo responde a mi innata resistencia a la agresión, despierta súbitamente por tanto bombardeo de imágenes y códigos que me penetran... la mente para volverse funcional. Estaré aquí varios años, y, al menos hoy, no sé si quiero "funcional".

1.

Me hace ruido el tren que, para los demás, suena. También, el subway ataca cuando niños y deambulantes aprovechan el cautiverio en un vagón para vociferar que, con mi dinero, se mantendrán out of trouble. Entonces, me lleno frío y tieso, invernal como los árboles. Me niego a contribuir. Digo lo siento, pero no… lo siento. Aflora el miedo; desconozco si a sentirme culpable por esconder la mano capaz de estirar un dólar, a ser responsable del trouble que se les vendrá encima, o a ambas. A fuerza de costumbre, ellos piden con soltura de palabra y cara de piedra; yo rechazo con verbo de piedra y cara suelta. Un tímido temblor toca cuerda de arpa en algún espacio virtual del alma. Hay una fibra resguardada –como el corazón y mis odios- en una caja, más bien “torácica”, que hace tanto no abre. El temor sabe que el hueco de su abrazo da mi justa medida y me aprisiona en él. Contra el cristal de esa pecera subterránea, sobre chirridos y rieles, se encuentran mis cuatro ojos (dos y dos; de embuste, de verdad). Mi rostro va pareciendo una cara neoyorquina.

2.

La diferencia. Me han preguntado; he contestado. Si recogiera la saliva caída ante mí por ser puertorriqueño, llenaría –por estimar- una botella. Sin embargo, en Puerto Rico pasaba igual, aunque el motivo radicaba en la sexualidad. Cuentas resumidas: resulta tan fácil tragar –créanme-, que la gente busca cualquier excusa para escupir.

3.

¿No parece curioso que, con las letras que aprendí de niño, montan otros significados en inglés? Por un momento, me pareció apropiado para esta gente conseguirse otro alfabeto. Ponderé las diferencias en los códigos. Nosotros tenemos tildes: poseemos una lengua más rica. Ellos no tienen acentos, sólo usan un signo de interrogación y uno de exclamación: qué lenguaje más económico. Aquí la puerca entorchó el rabo. Calladito, Carlos Vázquez, y pa'lante.

Dispuesto a comer-libros, contemplé con detenimiento dos títulos: uno en el español que esperaba mientras mi madre pujaba en sala de parto; otro en la lengua de Washingon, pero que perteneció o pertenece, además, a otra gente.

—Déjame morder esta palabra para ver qué hallo —comenté.

Miré los trazos con asombro cada vez más profundo hasta el punto en que, jurao, se me olvidó leer. Encontré la perdición. Nervios. Procuré tranquilidad.

—Creo que me harté —dijo la polilla.

Aproveché para retirarme a dormir.

Me sentí extraño al considerar posible locura. Luego recordé lo tan común de la conclusión y retorné a la ordinariez. Recé antes de acostarme; reverencia y persignación. Se me quebró la voz y me acordé de Dios, como entona una ranchera. Rogué al cielo que me escribiera en los ojos nuevamente el reflejo de los abecedarios… porque Él no me había traído a Nueva York para quitarme el boca-bulario.

4.

Desperté más o menos temprano al día siguiente. Abrí las cortinas (como en novelas, cuentos, poemas y películas) de par en par. Me asomé por la ventana. Mis retinas atestiguaron que, a la otra orilla de la calle, el escaparate de una tienda rebautizó el local ante ellas como "Panadería".

—Al parecer, me oíste —dije por lo bajo a esa cápsula divina que, sin ser mía, se enciende en mí—. Ahora sí empezó mi día —declaré reacio a que la tibieza solar que se adivinaba pudiera asignársele a alguien más.

Me retiré. Solté las telas. Permití el beso ondulante, vertical, de las costuras. Aferré la mano a herramientas de trabajo: libreta y complementos directos. Comencé a inventariar aquello que ha tornado la ciudad más agradable: invitaciones extendidas para habitarla… Habitación reservada para vivirla.

Eso vendrá después. ©

4 comentarios:

Yvonne Denis dijo...

Voy a "blog que [C] ar los" pensamientos que vengan para que no escriba en tu blog, Carlos.

Ya: ADD, Favorites, Blogliterarios, Eniocuadrado.com

Eniocuadrado dijo...

Me encantó tu forma de "bloquear-los" pensamientos. Wow! No se me hubiera ocurrido.

Una pregunta: ¿ese "ADD", es de "añadir" o me estás sugiriendo algo de "Attention Deficit Disorder"? (Broma.)

Marta Aponte Alsina dijo...

La ciudad es un animal enorme, inaprensible. Tu cuerpo pensante le añade una pestaña, una chispita perversa, un nuevo cultivo epidémico.

neftalicruznegronpr@hotmail.com dijo...

Saludos, Carlos. Me encantó el 1. 2. y 4. Prosa poética, jumm, sutil y profunda... Adelante, en N.Y. Éxitos.

Ya estás linqueado en mis páginas!

Att. Neftalí Cruz Negrón

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