Dos centímetros de mar o la soledad desmedida
(Por: Carmen Zeta, profesora y escritora)

El riesgo de la literatura está en trabajar
un territorio extraño como si no lo fuera;
y el territorio propio como si fuera extranjero:
la literatura es interesante porque deja abiertas
las grietas de la no identidad
y sospecha de la experiencia directa
como autoridad sobre su discurso.
(Borges, un escritor en las orillas
Beatriz Sarlo)
Realizar la presentación de un nuevo libro es siempre una tarea ingrata. Por un lado, nos encontramos con la responsabilidad de decir algo que valga la pena y por el otro, tenemos que ayudar de alguna forma a que el libro se venda. Cuando se trata de la obra de un amigo, las cosas se complican. Si ese amigo es, además, un crítico excelente e incisivo, entramos al territorio del horror. Antes de mi viaje al infierno, quisiera agradecer a Federico Irizarry por tener la visión para rescatar esta obra. La novela que hoy nos ocupa refleja la madurez del escritor y en ella puede observarse un proceso serio de elaboración. Acostumbrados a la excusa de la utilización de recursos lúdicos cuando no se puede explicar lo inexplicable, el encuentro con esta novela constituye una verdadera revelación. Es una pieza que presenta un entramado en el que todos los hilos convergen admirablemente.
Sin ánimo de presentar el análisis exhaustivo que merece y permite la novela de Carlos Vázquez, me limitaré a mencionar aquellos aspectos que me parecieron significativos en el transcurso de la lectura. Es ésta una interpretación, parafraseando al autor, sobre los temas de mi predilección.
Para comenzar, quisiera hacer referencia a algunas características de la “nueva novela histórica” que presenta Seymour Menton en su libro
La nueva novela histórica de América Latina 1979-1992 (1993) (p. 42-44). Quisiera aclarar que aunque no nos encontremos frente a una novela histórica
per se, en la novela de Carlos se utilizan, a mi modo de ver, la mayoría de las características de este tipo de novela, a saber: el carácter cíclico de la historia, la metaficción, la intertextualidad, la heteroglosia y los conceptos bajtianos de lo dialógico, lo carnavalesco y la parodia. El carácter cíclico de la historia, indicado graciosamente por el uso de los corchetes -al principio y casi al final; y de forma sobrecogedora en el atinado cambio en el tiempo verbal dentro de la narración-, es uno de los elementos mejor logrados. Los comentarios del autor sobre el proceso de creación se enmascaran en las palabras del protagonista, quien al hablar sobre la novela que está escribiendo dice: “Es una novela de aventuras amorosas... Tiene más pasión que los últimos días de Cristo... sexo, drogas, un poco de misterio y muerte.”(p. 60) La alusión explícita o implícita a otras obras es frecuente a través de toda la novela. Una nota destacada tiene la heteroglosia o multiplicidad de discursos. Encontramos un uso conciente de distintos niveles del lenguaje. Este uso oscila entre los ingeniosos juegos de palabras, frecuentes en los vanguardistas (por ejemplo: “comencé a decirle secretos a aquel miembro que en secreto secretaba” (p.18), “dispuesta a consumarse, renuente a consumirse” (p. 19), “valiéndose de mi desvalía”(p.22), “la gracia divina advino” (p. 28), “(a)(des)(trans)bordaban ‘vehículos encubiertos’” (p. 61), la oralidad y una belleza discursiva cercana a la poesía. Lenguaje vulgar, con alusiones sexuales fuertes, tan fuertes que a veces puede resultar chocante, acompañado de un lenguaje trabajado con preciosismo expresivo, colmado de hermosas imágenes:
Una imagen de él voló entre la nublosa espesura blanca. Acercamiento. Se depositó suave como un segundo piso masculino sobre mí. Viajó en el olor a sal probable. Descendió. El espíritu se ajustó a los contornos de mi aura. Se irguieron los vellos; poblaron mi cuerpo de diminutos, embrujados, alfileres negros. (Con)fundiéndose en mi silueta, me habitó. El frío de madrugadas por ese hombre perdido mar adentro, ausente de mi carne explanada, trastocó el termómetro del deseo, pero templó la sangre al poco rato... Y le dibujé marcas con el dedo a su fantástica piel recostada tras mis eclipsados ojos. (p. 23)
En el capítulo titulado "Una noche de copas, una noche loca", se expone con claridad la presencia del carnaval y la parodia. La discoteca es el carnaval, es el sitio donde se (en)(desen) mascaran todos los que allí asisten. Como en la definición de la fiesta que realiza Octavio Paz en
El laberinto de la soledad (1997), en este lugar:
"... Todo se comunica; se mezcla el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito. Todo cohabita, pierde forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial... La muerte ritual suscita el renacer; el vómito, el apetito; la orgía, estéril en sí misma..." (p. 73)
Por otro lado, resulta evidente a través de toda la novela, el énfasis en las funciones del cuerpo. Como bien afirma Jean Luc Nancy: “no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo” (citado por Adolfo Vásquez Rocca, p. 4-5). De dichas funciones sobresalen aquellas relacionadas con la sexualidad. (Como esto es una presentación PG, no voy a entrar en detalles.)
La presencia de dichas características instaura la novela en la corriente narrativa actual. Pero no nos encontramos ante el caso de la incorporación de unos elementos por moda, sino ante el hecho de la apropiación conciente y acertada de dichos elementos. En esta novela todo (los golpes de humor, el uso del suspenso, la irrupción inusitada de la ternura), todo, está “fríamente calculado”.
Prueba de ello es que aún antes de arrancar la novela se establece con meridiana claridad cuáles serán las pautas de la misma. Los epígrafes -una página completa- que incluyen citas de Luis Rafael Sánchez, Ángel Lozada, Moisés Agosto y Juan Antonio Rodríguez Pagán, resultan de por sí reveladores: con ellos el autor inserta su novela dentro de una temática. La nota al pie de página es un guiño al lector y representa la entrada de uno de los elementos destacados en la narración: la ironía. La nota que sigue: “Si ‘el escritor está para poner el dedo en la llaga’, este mundo leproso será mi tambor”, anticipa la atmósfera malsana de la obra, representada en la imagen conmovedora de Yajaira Onasis Montevidal. “Entre tanta imagen turbulenta, recuerdo claramente a la Yajaira de Amanda en cuclillas, cabizbaja, en gesto derrotado y con la espalda recostada contra la parte inferior de la pared del parking”. (p. 47)
Si observamos los títulos de los capítulos en el índice, diez -especie de conteo regresivo- obtendremos la segunda clave que tiene que ver con el estilo de la novela. En los títulos se advierte la presencia de dos vertientes: la culta y la popular. La vertiente culta se representa en los títulos que aluden a la literatura ("invitación al polvo" y "
...el corazón pasando por un túnel" -Ramos Otero y Neruda; me parece que hay suficiente ironía en este binomio), a la Biblia ("una revelación") y al Manual de Diagnóstico de Psicología ("ptsd"- post traumatic stress disorder). La popular se advierte en los títulos referentes a los refranes ("...cenizas quedan" y "cuentas claras..."), a la canción ("una noche de copas, una noche loca"), al lenguaje perteneciente a la meteorología ("temporada de huracanes" y "el ojo de la tormenta") y al cine ("que la fuerza te acompañe"). Estos dos registros y sus elementos representativos aparecerán continuamente, en una especie de
tour de force que sugiere, en toda su contradicción, el dramatismo de lo cotidiano, la tragedia ordinaria de seres marginados.
El índice tiene a su vez un título: "Visitas" que remite al título original de la novela "4 visitas". (Al cuatro volveré más tarde). Me parece certero el cambio de título.
Dos centímetros de mar, aparte de un título hermoso, presenta la contradicción entre el mar, como símbolo de eternidad, como representación de la naturaleza, de lo bello, de lo auténtico y ¿por qué no?, el mar como límite inconmensurable en esta isla y; los dos centímetros, símbolo de la carencia, la escasez (a veces tenemos que conformarnos con tan poco).
También esta novela debe mucho a la novela negra, caracterizada por ambientes oscuros y la presencia de individuos en decadencia como protagonistas. Hay mucha oscuridad en esta novela, y no me refiero a la oscuridad del ambiente, sino a la oscuridad de los sentimientos, a la oscuridad de las pasiones, a la oscuridad del espíritu, a la oscuridad de un protagonista confundido, insatisfecho, morboso, pervertido, autodestructivo. Carlos, el protagonista, es profesor universitario de “prestigio”, gay, vive en Miramar (Advertencia: cualquier parecido con el autor no es coincidencia, así que no caigamos en la trampa del biografismo en la literatura). Carlos es un personaje que atrae y repugna: prepotente, impertinente, un individuo que ha cerrado “la escotilla de la sensibilidad” y se encuentra aterradoramente solo.
Octavio Paz, en el ensayo citado anteriormente, sostiene que:
"... la soledad se identifica con la orfandad. Y amb[a]s se manifiestan generalmente como conciencia del pecado... El solitario o aislado trasciende su soledad, la vive como una prueba y como una promesa de comunión." (p. 87)
Las acciones de Carlos responden a un afán por llenar el inmenso vacío que es su existencia. Se ajusta a la definición de
monstruo presentada por Carlos Reyero en
La belleza imperfecta (2005), libro en el que estudia las “alteraciones del modelo ideal” (p. 9) dentro del arte, específicamente en la pintura y la escultura. La definición de
monstruo de Reyero es la siguiente:
"La personificación del terror es... la vertiente más identificada habitualmente con la idea de monstruo. Representa algo que desagrada y repele, como personificación de algo que no queremos ser, pero que pudiésemos ser o haber sido: de ahí nace precisamente la curiosidad. Es una realidad distinta, demonizada, con la que no queremos identificarnos, pero vuelve, pese a todo, a nosotros como algo indisoluble de nuestra propia naturaleza." (p. 126)
La proximidad de lo monstruoso resulta perturbadora. Esta novela también resulta perturbadora.
Un comentario aparte merece el capítulo titulado "Una revelación", del cual podría realizarse un amplio estudio basado en una comparación entre éste y el
Apocalipsis bíblico. Me ceñiré a presentar algunos aspectos. En este capítulo en el que “El protagonista desaparece voluntariamente como eje narrativo...” (p. 73), el autor se apropia de manera admirable de la forma, el estilo, y sobre todo, el tono, de su homónimo en La Biblia. Es un capítulo que devela un conocimiento extenso por parte del autor y a la vez, su deseo de transgresión, el juego entre lo profano y lo sagrado.
Recordemos que el género apocalíptico se encuadra dentro del profético. Inevitable pensar en los cuatro jinetes del
Apocalipsis (dije que volvería al cuatro); así que el que tenga oídos...: uno de los jinetes viene a conquistar en un caballo blanco; otro, que representa la destrucción, viene con su espada en un caballo rojo; un tercero, en un caballo negro; y el cuarto, en el caballo amarillo o verdoso que representa la muerte. Forzoso considerar los cuatro elementos: agua (Armando es marinero), aire (Salgado es policía), fuego (Alberto llega a buscar a Carlos en un carro rojo), tierra (Irving es sepulturero). Necesario advertir la presencia de los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. El norte como guía, el este y el oeste como principio y fin, respectivamente; y el sur (porque el sur también existe) como símbolo de lo secreto, de lo oculto, de lo que está abajo, en el fondo.
La novela de Carlos es una obra arriesgada en la que se presentan, entre muchos otros, temas como el prejuicio, el rechazo, la corrupción, la decadencia, la violencia, la marginación, unidos a una crítica a la hipocresía, a los conflictos de clase, a la falsa moralidad.
Ante tanta miseria humana, con la carga de una soledad desmedida, hacemos el “viaje al lugar de la pena” dentro de una atmósfera asfixiante, tanto, que sólo quisiéramos, como el protagonista, recostar “la cabeza de la ventanilla (o de la almohada) para sentir el aire acondicionado.” (p. 48) e imaginar “cómo se veían, desde una ventana, mis dos centímetros de mar.” (p. 91)
mayo-2008
Referencias
Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de América Latina 1979-1992. México: Fondo de Cultura Económica.
Paz, O. (1997). El laberinto de la soledad. New York: Penguin Books.
Reyero, C. (2005) . La belleza imperfecta. Madrid: Siruela.
Vásquez Rocca, A. (2008) “Las metáforas del cuerpo en la filosofía de Jean Luc Nancy” (Inédito).
Vázquez Cruz, C. (2008). Dos centímetros de mar. San Juan: Tiempo Nuevo.