jueves 18 de marzo de 2010

¿Dónde está la cuarta hoja? (1)

¿Cómo la mente nos construye el temor sólo con una imagen? ¿Cómo un elemento festivo-cultural puede convertirse en cultural-invasivo? La imaginación realiza dicha transformación valiéndose de la experiencia. Elabora, a veces, temores irracionales basados en el conocimiento.

La historia migratoria (con rima y todo), plagada de maltratos y crímenes de odio, de gangas u otras luchas de poder, ha dejado latente en todo inmigrante la esperanza del éxito y la alarma por su seguridad. Cada víctima del odio tiene ante sí la alternativa de volcar las malas vibras y repudiar de vuelta. Yo prefiero irme, escribir, salvar.... ¿qué?

Pensamiento iluso ése. A través del tiempo, se salvan más los libros que las personas. Seguimos los escritores... aferrados al papel... de la inutilidad.

Hemos aprendido el consuelo de que escribimos para el futuro, lo cual cumple su cometido sólo como consolación.
Hace dos días, tuve miedo. Era la tercera vez que escuchaba gritos unísonos, uniformes o uniformados. Me asomé a la calle por yo-no-sé-qué vez en un lapso de no-sé-cuánto tiempo. Ese grupo se ha hecho uso y costumbre.

Allí estaba el equipo de ocho hombres jóvenes vestidos con sudaderas; la tropa de ocho distribuida en cuatro filas de dos. Trotaban estacionarias: uno convocaba con la voz tronante, comandante, generalizante, miliciante; los demás le devolvían al líder la repetición, el eco que, en el fondo, decía: “lo que usted diga”, “nuestra voz es su voz”, “sus deseos son órdenes”, “usted habla; yo obedezco”.

El conjunto se desmembró; sus integrantes cerraron un (micro)perímetro en medio de la intersección y, mientras unos dirigían el tránsito, otros dibujaban y pintaban en el cruce de calles. Luego, se alternaron tareas; se marcharon cuando anochecía. Sólo pude fijarme en el producto de su trabajo a la mañana siguiente.

Un trébol verde tatuado en el pavimento. El símbolo festivo irlandés a San Patricio, apareció ante mí como una marca política de reclamo territorial. Pensé que depositar un icono nacional en un espacio público (una carretera), sobre todo, si en él residen personas de otras etnias, puede funcionar como provocación. Recordé que, antes del trébol, había surgido la tropa de ocho –rígidamente conformada– con gritos que rebotaban su presencia, su idioma, su organización, contra nuestras paredes de edificios viejos.

Se me alertó la historia genética: pensé que ser hispano/latino/lo-que-sea-que-me-aleje-del-trébol, amenazaba mi vida, y que tal riesgo era inminente porque se debía a un rasgo esencial de mi personalidad.

Fugazmente, me asaltaron preguntas: ¿Debe permanecer un escritor en el área de peligro para demostrar su compromiso político (si le da la gana de tenerlo o ejercerlo)? ¿Cuánto valor real tiene un escritor en el exilio, cuando siempre resulta más fácil criticar –desde las distancias– lo que se dejó en otro lugar y no amenaza el cuerpo? ¿Tiene más valor quien, inmerso en la opresión, intenta subvertir el orden establecido?... Concluí, desconozco si por ser verdad o por conveniencia, que el escritor vale por la escritura.

La retahíla de preguntas me corría de una sien a otra, como si fuera cierto que la respuesta última estuviera obligada a responder a valores, a esquemas creados, promovidos e inculcados por otros que se sientan seguros en sus claustros, que se sienten seguros en ellos. A veces creo que, dando un paso atrás, uno avanza más; que el escritor también denuncia esperanzado en que quien realmente tenga inherencia en un asunto, lo resuelva.

A mi edad, con cierta preparación, con satisfacciones, me encuentro ante algo que, interpreto, amenaza mi vida, y me descubro totalmente inseguro de todo lo aprendido.

El arte le negó a mi trébol la suerte de la cuarta hoja.

lunes 11 de enero de 2010

Un poema feliz

Una gran amiga me preguntó si conozco algún escritor que tenga poemas felices. Luego de una reflexión, no sé si profunda, pero mía, afloró la inquietud: ¿es un poema "feliz" porque se ríe o por la felicidad contagiosa que lo trasciende? Volví al eterno debate entre el qué y el cómo. Para el lector, resulta similar que para el autor, estimo. Así como -en la literatura- el qué se dice carece de relevancia ante el cómo se articulan los discursos, lo importante -para el lector- no es el qué siento cuando lo leo (nombrar la emoción es lo de menos), sino el cómo me siento, aunque tal turbulencia, agraciada o funesta, sea inefable.

Por eso, añado el poema Estar enamorado, del argentino Francisco L. Bernárdez (1900-1978). Conocí esta pieza gracias al análisis que la profesora Carmen Haydeé Santiago publicó en Puerto Rico hace varias décadas. He tratado de leerlo en voz alta innúmeras veces. Siempre se me escapan expresiones y risas que me interrumpen... y más feliz me pongo en esos instantes.

Éste es mi poema feliz:

Estar enamorado
(Francisco L. Bernárdez, argentino)


Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado, amigos, es descubrir donde se juntan cuerpo y alma.
Es percibir en el desierto la cristalina voz de un río que nos llama.
Es ver el mar desde la torre donde ha quedado prisionera nuestra infancia.
Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de cigüeñas y campanas.
Es ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas.
Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo recibirla de su espada.
Es confundir el sentimiento con una hoguera que del pecho se levanta.
Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.
Es entender la pensativa conversación del corazón y la distancia.
Es encontrar el derrotero que lleva al reino de la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de las noches y los días.
Es olvidar entre los dedos emocionados la cabeza distraída.
Es recordar a Gracilaso cuando se siente la canción de una herrería.
Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las primeras golondrinas.
Es ver la estrella de la tarde por la ventana de una casa campesina.
Es contemplar un tren que pasa por la montaña con las luces encendidas.
Es comprender perfectamente que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia.
Es ignorar en qué consiste la diferencia entre la pena y la alegría.
Es escuchar a medianoche la vagabunda confesión de la llovizna.
Es divisar en las tinieblas del corazón una pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.
Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.
Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.
Es no saber si son ajenas o si son propias las lejanas amarguras.
Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.
Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche oscura.
Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.
Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.
Es empezar a decir “siempre” y en adelante no volver a decir “nunca”.
Y es además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

miércoles 30 de diciembre de 2009

Adelanto de mi poemario "Sencilla mente" - Segunda parte

He aquí otro adelanto de poemas que publicaré en Sencilla mente y que han aparecido en otras publicaciones a través de los últimos siete u ocho años. Nada... que, para consolarme del invierno lejos de la familia o las parrandas puertorriqueñas, la escritura compensa. Sin embargo, cuando llego a su lado, los lápices y los libros me aíslan. ¿Por qué no puede ser más sencilla la mente?

Seguiremos informando...


Ojos abiertos


Choca un brindis de insultos en el aire.
La máquina del corazón no marca pasos.
Sólo el café cortado me resbala de horas la trasnoche
como cuando te extrañaba...
como el hecho de que estés.

Le desenredo cascajos a la tráquea del reloj de arena.

La luna: ovillo de telarañas.

Cuánta paz deja en la lengua un verso bonito;
cuánta turbulencia, su belleza entre cejas.

Te siento lejos.
Pareces prosa,
y yo quería hacernos un poema.



Oyéndote

Oigo tu voz.
Está nevando.
La mirada de piedra se dispara contra los cristales.
El viento domestica la ventana.
Un árbol se despoja. Desierta lentejuela triste
que vibraba casi helada a la intemperie.
Crepita en la chimenea la imitación de un tronco
que, como mi amor, nunca se apaga.
La arritmia me recuerda que envuelto en un abrigo
ando como desnudo
si camino sin ti.
Tiemblan gemelos estos ojos cristalinos
cuando estiras un nombre desde el otro lado
para tañer la campana de mi tímpano.

Oigo tu voz por el teléfono
y está nevando.



Mentalmente

Loca mente. Insolentemente se piensa poesía. Y minuciosamente te explora poro a poro en el infeliz reino de(la)mente, empecinadamente. Respetuosamente compila falsamente la nimiedad que hilvane lo que no fue -a su ahora- para rehacer su andanza enamoradamente.

Traicionera mente. Y victoriosamente de esperanzados sueños se levanta la historia: esa única historia que seductoramente, te envuelve en metáforas metafóricamente, pues atarte a los versos y a las líneas corridas es condenarte a mí, ensoñarme contigo -con un embrujo víspera siempre del día en que te vayas-, amarrarte a mi boca, enlazarte a mi espalda, ¡no importa!, excesiva, violenta, irrevocable, intransigente: disparatadamente.

Entristecida mente. Porque impetuosamente se le arranca tu nombre; desenrosca tu espacio para saberte libre. Mente que sabe amarte. Mente que deja irte. Que soñadoramente, reza por tu regreso y reverentemente suelta maledicencias por quererte limitado e ilimitadamente.

Excelente mente. Que no es poesía en sí, sino en ti como poema. Que no es poema en ti, sino despiadadamente entre estrofas dolorosas de tu sangre, tus sudores, tus alientos, desalientos, alas abiertas, caídas, y la frustración insomne de quien se conoce ausente.

Todo eso hace mi mente cuando se acuerda de ti… cautelosa… orgullosa… conmovedora… desgarradoramente.

lunes 21 de diciembre de 2009

Adelanto de mi poemario "Sencilla mente"

No podía permitir que el año acabara sin atender, aunque fuese someramente, este espacio que he reservado para el coqueteo de la voz.

Regalo -por filtración- poemas que publicaré en mi nuevo libro (Sencilla mente). Comienzo con uno rescatado de mi primer trabajo, Inimaginado (QEPD), y continúo con varios publicados hace un tiempo a través de diversos medios.

Imagen tomada de:

Tus palabras


Tus palabras no son como las otras palabras. Son vida desnuda, torrente del alma buscando asilo en mis oídos. Son cereza (así, despacio, suavecito), fuego lento que inunda mis adentros. Es tu "o" un beso que se cierra en beso, y escucharte sólo es mi silencio abierto a tus palabras.

No son como las otras palabras. Tu abecedario es mi mantel de estrellas, el rosario solemne de mis fantasías, el desfile de hormigas al terrón de azúcar de esos sueños contigo. Son “la calle”, “el alumbrado”, “el abrazo”, “la mirada”… palabras ordinarias en boca extraordinaria. La procesión ritual de la lengua en la lengua, de la lengua contigo en tu asedio de mí. Son tus palabras. No son como las otras.

Palabras sustantivas conjurando conjunciones. Palabras adjetivas sugerentes del verbo. Pronombre insustituible detenido en mi memoria, envuelto en todos los adverbios de modo y cantidad hacia la eternidad. Tú y yo, y, entonces, tus palabras son siempre diferencia. Son, en mi voz pasiva rendida ante tu boca, bandada de pasiones asaltándome el pecho.


Bautizo


nada como tus besos
como tu cuerpo nada
como se mueve
como pez en el agua tu figura
que como ola desde atrás ondula
y a su ritmo mi piel-tierra se conmueve
al sentir tu cuerpo-nube como llueve

nada
nada nada
con tus benditas aguas en mi boca
con estremecimiento
con ese sentimiento
que da tu río cuando desemboca
y une su vaho primero con el mío
haciendo de mi cauce su morada
como tu beso nada
nada nada

cuesta abajo por mi espalda
nada
por mi cadera ligera
nada
por mi cintura latente y callejera
por mi punta encelada por el resto profundo
nada nada
nada nada

y después de este rito
extasiado
miedoso
mirándote apenado sobre el suelo

nada


Místico


Tienes un dios dormido entre las piernas
un chakra poderoso que abre mundos
una estela
de carne, pincelada inquieta al viento
rompiendo corazones
una trampa funesta a mis pasiones



tienes manos heladas para el cuello
goteándose hebra a hebra por la espalda
centinela
trasnochando el cuidado de mi cuerpo
mirándome en el rito
predicando un nirvana muy bajito

en tus ojos hay pura retirada
el oído presente, el audio huido
y esa boca
ese cofre encarnado para carne
se va de vez en cuando
según la ola del amor va dictando



vistes el cuerpo inerte de la muerte
la gloriosa rabieta de este infierno
negro pelo
tan rebelde se niega la caída
maldita fe constante
en su sueño vital con el amante.

lunes 22 de junio de 2009

Ernesto D'Alessio y la balada de los 80s

Foto tomada de: (http://www.tlnovelas.co.cc/2009/02/ernesto-dalessio-regresa-la-musica.html)


YouTube (http://www.youtube.com/watch?v=RAAGyPxeYug) me permitió escuchar a Ernesto D’Alessio cantando “Yo soy aquél”, “Algo de mí” y “El triste”. Aprecié su voz linda, agradecí la afinación, valoré su histrionismo. Desconozco contra quiénes contendía. Sin embargo, a mi entender –que no resulta determinante para el evento, aunque sí para este comentario-, cometió un pecado mortal: escoger piezas que nos refieren a las grandes voces de la balada romántica de la década de los ochentas. Aunque sus dotes como actor intentaron compensar el dramatismo que dichas canciones exigen, la voz de D’Alessio quedó corta ante la demanda.

“Evocar” a Raphael Martos, Camilo Sesto y José José, en cierto sentido, se torna en “invocarlos”. Hablo, pues, de un estrato canónico, “divino”, de la música popular que –en más de una ocasión- estableció alianzas duraderas. Además de “Yo soy aquel”, Manuel Alejandro le prestó a la voz de Raphael éxitos rotundos; por ejemplo: “Como yo te amo”, “En carne viva”, “Cuando tú no estás” y “Qué sabe nadie” (sin contar la interpretación de “No lo puedes negar” al vozarrón de Lupita D’Alessio, madre de Ernesto). Camilo Sesto, de los pocos cantautores que convertían en hit cada canción propia que llevaba a la boca, jugó un papel medular en la carrera de otros intérpretes, como -vuelvo a los ejemplos- Ángela Carrasco. Este binomio copó fama al rendir al público con “Callados” y “Quererte a ti”. Finalmente, “La barca” y “El reloj” nos transportan a través de las épocas y las cuerdas vocales por donde se ha paseado el prestigio de Roberto Cantoral.

La imposibilidad de Ernesto D’Alessio para colmar los requerimientos de tales canciones, puede atribuirse a dos elementos medulares: la memoria del auditorio y los estándares que nos forjamos como oyentes. Sería injusto medir la ejecutoria de D’Alessio a merced de referentes tan brutales como Raphael, Camilo Sesto y José José. Al hacerlo, soy consciente de que saco de contexto su participación: eran otros los oponentes, y enjuiciar ameritaba considerar sólo el total de interpretaciones durante el evento. Empero, la memoria existe. El cantante debe recordar la capacidad del público para "evocar/invocar". Esos referentes constituyen el estándar ante el cual la gente evaluará su performance.

El lenguaje corporal de Ernesto D’Alessio… tremendo. La expresión… formidable. Se proyectó con gracia, ángel, duende. Se nota el ser de calidad en su proyecto de artista como producto mercadeable. Lo mejor: aparece un profesional que se impone metas elevadas y hace lo posible por alcanzarlas. Nadie crece amparado por metas insignificantes o cuando el norte es “lo fácil”. D’Alessio se manifiestó como todo un trabajador, y sólo el buen futuro le pertenece a quien se faja por él.

miércoles 6 de mayo de 2009

Diario que no es de todos los días



Mucha felicidad. Definitivamente, tengo un problema grande. Me encuentro en Nueva York disfrutando una tremenda experiencia: estudio en una universidad prestigiosa, con una súper beca (acompañada de adjetivos formidables) que permite dedicarme a las pasiones de leer más que escribir, pero a ambas.

“Me encuentro” en Nueva York: no sólo resido aquí, sino que se da el fenómeno de “hallarme”. Es la primera vez que observo estos Estados Unidos desde la autodefinición como escritor. Tengo los mismos ojos que antes, sólo que un círculo canoso se vislumbra en las riberas de las córneas y me inscribe un cambio de mirada. Pienso que infelicito mi felicidad… busco excusas para sufrir… y doy con ellas.

Antes, hubiese argumentado que esta cosmópolis (EEUU) para los puertorriqueños ofrece las oportunidades que la Isla no provee. Lo cual sigue siendo cierto. Sin embargo, hoy, problematizo aspectos del porqué. Nada que no hayan dicho otros, mas, ¿por qué no repetirlo, aunque sea para mí?

Me parece una estrategia política de esta Nación limitar los alcances de Puerto Rico con el fin de promover “la fuga de cerebros” para nutrirse del capital intelectual que produce la isla. Es el robo de las estrellas que van surgiendo. Mejores becas, salarios superiores, mayores ofertas para conseguir un puesto respetable en instituciones competentes, entre otros beneficios, nos impulsan a “brincar el charco”, cuestión de ampararnos más cómodamente a la sombra del Estado benefactor. En buena medida, se raciona a Puerto Rico su acervo de profesionales competentes. Entonces, las demandas laborales isleñas no tienen más alternativa que incorporar a sus filas, personal con menor compromiso (o peor, sin él); sin mayores expectativas que un cheque, apenas suficiente para sostener a una familia –apretadamente- por quince días.

La situación acomodaticia de los incompetentes, paraliza, amenaza, lincha, desmoraliza, los esfuerzos de quienes respetan su trabajo. De ahí que el sistema inoficioso del gobierno puertorriqueño cuente con un descrédito tan apabullante; sobre todo, cuando los líderes políticos representan el ejemplo ciudadano.

Lástima. El Pueblo mira hacia arriba y no encuentra imitación posible más allá de la caricatura o la despersona.

viernes 3 de abril de 2009

Presentación de "Dos centímetros de mar"

Dos centímetros de mar o la soledad desmedida
(Por: Carmen Zeta, profesora y escritora)




El riesgo de la literatura está en trabajar
un territorio extraño como si no lo fuera;
y el territorio propio como si fuera extranjero:
la literatura es interesante porque deja abiertas
las grietas de la no identidad
y sospecha de la experiencia directa
como autoridad sobre su discurso.
(Borges, un escritor en las orillas
Beatriz Sarlo)


Realizar la presentación de un nuevo libro es siempre una tarea ingrata. Por un lado, nos encontramos con la responsabilidad de decir algo que valga la pena y por el otro, tenemos que ayudar de alguna forma a que el libro se venda. Cuando se trata de la obra de un amigo, las cosas se complican. Si ese amigo es, además, un crítico excelente e incisivo, entramos al territorio del horror. Antes de mi viaje al infierno, quisiera agradecer a Federico Irizarry por tener la visión para rescatar esta obra. La novela que hoy nos ocupa refleja la madurez del escritor y en ella puede observarse un proceso serio de elaboración. Acostumbrados a la excusa de la utilización de recursos lúdicos cuando no se puede explicar lo inexplicable, el encuentro con esta novela constituye una verdadera revelación. Es una pieza que presenta un entramado en el que todos los hilos convergen admirablemente.

Sin ánimo de presentar el análisis exhaustivo que merece y permite la novela de Carlos Vázquez, me limitaré a mencionar aquellos aspectos que me parecieron significativos en el transcurso de la lectura. Es ésta una interpretación, parafraseando al autor, sobre los temas de mi predilección.

Para comenzar, quisiera hacer referencia a algunas características de la “nueva novela histórica” que presenta Seymour Menton en su libro La nueva novela histórica de América Latina 1979-1992 (1993) (p. 42-44). Quisiera aclarar que aunque no nos encontremos frente a una novela histórica per se, en la novela de Carlos se utilizan, a mi modo de ver, la mayoría de las características de este tipo de novela, a saber: el carácter cíclico de la historia, la metaficción, la intertextualidad, la heteroglosia y los conceptos bajtianos de lo dialógico, lo carnavalesco y la parodia. El carácter cíclico de la historia, indicado graciosamente por el uso de los corchetes -al principio y casi al final; y de forma sobrecogedora en el atinado cambio en el tiempo verbal dentro de la narración-, es uno de los elementos mejor logrados. Los comentarios del autor sobre el proceso de creación se enmascaran en las palabras del protagonista, quien al hablar sobre la novela que está escribiendo dice: “Es una novela de aventuras amorosas... Tiene más pasión que los últimos días de Cristo... sexo, drogas, un poco de misterio y muerte.”(p. 60) La alusión explícita o implícita a otras obras es frecuente a través de toda la novela. Una nota destacada tiene la heteroglosia o multiplicidad de discursos. Encontramos un uso conciente de distintos niveles del lenguaje. Este uso oscila entre los ingeniosos juegos de palabras, frecuentes en los vanguardistas (por ejemplo: “comencé a decirle secretos a aquel miembro que en secreto secretaba” (p.18), “dispuesta a consumarse, renuente a consumirse” (p. 19), “valiéndose de mi desvalía”(p.22), “la gracia divina advino” (p. 28), “(a)(des)(trans)bordaban ‘vehículos encubiertos’” (p. 61), la oralidad y una belleza discursiva cercana a la poesía. Lenguaje vulgar, con alusiones sexuales fuertes, tan fuertes que a veces puede resultar chocante, acompañado de un lenguaje trabajado con preciosismo expresivo, colmado de hermosas imágenes:

Una imagen de él voló entre la nublosa espesura blanca. Acercamiento. Se depositó suave como un segundo piso masculino sobre mí. Viajó en el olor a sal probable. Descendió. El espíritu se ajustó a los contornos de mi aura. Se irguieron los vellos; poblaron mi cuerpo de diminutos, embrujados, alfileres negros. (Con)fundiéndose en mi silueta, me habitó. El frío de madrugadas por ese hombre perdido mar adentro, ausente de mi carne explanada, trastocó el termómetro del deseo, pero templó la sangre al poco rato... Y le dibujé marcas con el dedo a su fantástica piel recostada tras mis eclipsados ojos. (p. 23)

En el capítulo titulado "Una noche de copas, una noche loca", se expone con claridad la presencia del carnaval y la parodia. La discoteca es el carnaval, es el sitio donde se (en)(desen) mascaran todos los que allí asisten. Como en la definición de la fiesta que realiza Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1997), en este lugar:

"... Todo se comunica; se mezcla el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito. Todo cohabita, pierde forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial... La muerte ritual suscita el renacer; el vómito, el apetito; la orgía, estéril en sí misma..." (p. 73)

Por otro lado, resulta evidente a través de toda la novela, el énfasis en las funciones del cuerpo. Como bien afirma Jean Luc Nancy: “no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo” (citado por Adolfo Vásquez Rocca, p. 4-5). De dichas funciones sobresalen aquellas relacionadas con la sexualidad. (Como esto es una presentación PG, no voy a entrar en detalles.)

La presencia de dichas características instaura la novela en la corriente narrativa actual. Pero no nos encontramos ante el caso de la incorporación de unos elementos por moda, sino ante el hecho de la apropiación conciente y acertada de dichos elementos. En esta novela todo (los golpes de humor, el uso del suspenso, la irrupción inusitada de la ternura), todo, está “fríamente calculado”.

Prueba de ello es que aún antes de arrancar la novela se establece con meridiana claridad cuáles serán las pautas de la misma. Los epígrafes -una página completa- que incluyen citas de Luis Rafael Sánchez, Ángel Lozada, Moisés Agosto y Juan Antonio Rodríguez Pagán, resultan de por sí reveladores: con ellos el autor inserta su novela dentro de una temática. La nota al pie de página es un guiño al lector y representa la entrada de uno de los elementos destacados en la narración: la ironía. La nota que sigue: “Si ‘el escritor está para poner el dedo en la llaga’, este mundo leproso será mi tambor”, anticipa la atmósfera malsana de la obra, representada en la imagen conmovedora de Yajaira Onasis Montevidal. “Entre tanta imagen turbulenta, recuerdo claramente a la Yajaira de Amanda en cuclillas, cabizbaja, en gesto derrotado y con la espalda recostada contra la parte inferior de la pared del parking”. (p. 47)

Si observamos los títulos de los capítulos en el índice, diez -especie de conteo regresivo- obtendremos la segunda clave que tiene que ver con el estilo de la novela. En los títulos se advierte la presencia de dos vertientes: la culta y la popular. La vertiente culta se representa en los títulos que aluden a la literatura ("invitación al polvo" y "...el corazón pasando por un túnel" -Ramos Otero y Neruda; me parece que hay suficiente ironía en este binomio), a la Biblia ("una revelación") y al Manual de Diagnóstico de Psicología ("ptsd"- post traumatic stress disorder). La popular se advierte en los títulos referentes a los refranes ("...cenizas quedan" y "cuentas claras..."), a la canción ("una noche de copas, una noche loca"), al lenguaje perteneciente a la meteorología ("temporada de huracanes" y "el ojo de la tormenta") y al cine ("que la fuerza te acompañe"). Estos dos registros y sus elementos representativos aparecerán continuamente, en una especie de tour de force que sugiere, en toda su contradicción, el dramatismo de lo cotidiano, la tragedia ordinaria de seres marginados.

El índice tiene a su vez un título: "Visitas" que remite al título original de la novela "4 visitas". (Al cuatro volveré más tarde). Me parece certero el cambio de título. Dos centímetros de mar, aparte de un título hermoso, presenta la contradicción entre el mar, como símbolo de eternidad, como representación de la naturaleza, de lo bello, de lo auténtico y ¿por qué no?, el mar como límite inconmensurable en esta isla y; los dos centímetros, símbolo de la carencia, la escasez (a veces tenemos que conformarnos con tan poco).

También esta novela debe mucho a la novela negra, caracterizada por ambientes oscuros y la presencia de individuos en decadencia como protagonistas. Hay mucha oscuridad en esta novela, y no me refiero a la oscuridad del ambiente, sino a la oscuridad de los sentimientos, a la oscuridad de las pasiones, a la oscuridad del espíritu, a la oscuridad de un protagonista confundido, insatisfecho, morboso, pervertido, autodestructivo. Carlos, el protagonista, es profesor universitario de “prestigio”, gay, vive en Miramar (Advertencia: cualquier parecido con el autor no es coincidencia, así que no caigamos en la trampa del biografismo en la literatura). Carlos es un personaje que atrae y repugna: prepotente, impertinente, un individuo que ha cerrado “la escotilla de la sensibilidad” y se encuentra aterradoramente solo.

Octavio Paz, en el ensayo citado anteriormente, sostiene que:

"... la soledad se identifica con la orfandad. Y amb[a]s se manifiestan generalmente como conciencia del pecado... El solitario o aislado trasciende su soledad, la vive como una prueba y como una promesa de comunión." (p. 87)

Las acciones de Carlos responden a un afán por llenar el inmenso vacío que es su existencia. Se ajusta a la definición de monstruo presentada por Carlos Reyero en La belleza imperfecta (2005), libro en el que estudia las “alteraciones del modelo ideal” (p. 9) dentro del arte, específicamente en la pintura y la escultura. La definición de monstruo de Reyero es la siguiente:
"La personificación del terror es... la vertiente más identificada habitualmente con la idea de monstruo. Representa algo que desagrada y repele, como personificación de algo que no queremos ser, pero que pudiésemos ser o haber sido: de ahí nace precisamente la curiosidad. Es una realidad distinta, demonizada, con la que no queremos identificarnos, pero vuelve, pese a todo, a nosotros como algo indisoluble de nuestra propia naturaleza." (p. 126)

La proximidad de lo monstruoso resulta perturbadora. Esta novela también resulta perturbadora.

Un comentario aparte merece el capítulo titulado "Una revelación", del cual podría realizarse un amplio estudio basado en una comparación entre éste y el Apocalipsis bíblico. Me ceñiré a presentar algunos aspectos. En este capítulo en el que “El protagonista desaparece voluntariamente como eje narrativo...” (p. 73), el autor se apropia de manera admirable de la forma, el estilo, y sobre todo, el tono, de su homónimo en La Biblia. Es un capítulo que devela un conocimiento extenso por parte del autor y a la vez, su deseo de transgresión, el juego entre lo profano y lo sagrado.

Recordemos que el género apocalíptico se encuadra dentro del profético. Inevitable pensar en los cuatro jinetes del Apocalipsis (dije que volvería al cuatro); así que el que tenga oídos...: uno de los jinetes viene a conquistar en un caballo blanco; otro, que representa la destrucción, viene con su espada en un caballo rojo; un tercero, en un caballo negro; y el cuarto, en el caballo amarillo o verdoso que representa la muerte. Forzoso considerar los cuatro elementos: agua (Armando es marinero), aire (Salgado es policía), fuego (Alberto llega a buscar a Carlos en un carro rojo), tierra (Irving es sepulturero). Necesario advertir la presencia de los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. El norte como guía, el este y el oeste como principio y fin, respectivamente; y el sur (porque el sur también existe) como símbolo de lo secreto, de lo oculto, de lo que está abajo, en el fondo.

La novela de Carlos es una obra arriesgada en la que se presentan, entre muchos otros, temas como el prejuicio, el rechazo, la corrupción, la decadencia, la violencia, la marginación, unidos a una crítica a la hipocresía, a los conflictos de clase, a la falsa moralidad.

Ante tanta miseria humana, con la carga de una soledad desmedida, hacemos el “viaje al lugar de la pena” dentro de una atmósfera asfixiante, tanto, que sólo quisiéramos, como el protagonista, recostar “la cabeza de la ventanilla (o de la almohada) para sentir el aire acondicionado.” (p. 48) e imaginar “cómo se veían, desde una ventana, mis dos centímetros de mar.” (p. 91)

mayo-2008


Referencias


Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de América Latina 1979-1992. México: Fondo de Cultura Económica.

Paz, O. (1997). El laberinto de la soledad. New York: Penguin Books.

Reyero, C. (2005) . La belleza imperfecta. Madrid: Siruela.

Vásquez Rocca, A. (2008) “Las metáforas del cuerpo en la filosofía de Jean Luc Nancy” (Inédito).

Vázquez Cruz, C. (2008). Dos centímetros de mar. San Juan: Tiempo Nuevo.